Mucho se ha hablado de la comunicación efectiva. Se creyó siempre que saber hablar era un «don», algo que venía con el individuo y que el que poseía esa virtud tenía mucha ventajas sobre los demás.
Es cierto, no se puede negar, la persona que puede hablar en cualquier circunstancia tiene muchas ventajas.
Una conversación tiene encanto cuando crea una comunicación agradable, una relación privilegiada entre el que habla y el que escucha. (Escuchar no es lo mismo que oir, escuchar significa poner atención, es una decisión atender y entender lo que el otro quiere hacerte saber; lograr esta diferencia depende muchísimo de lo que se diga y como se diga: ahí radica el encanto).
¿Cómo establecer esta relación entre hablar y escuchar?
Primero, saber escuchar: Es la atención prestada al otro la que crea el lazo de unión. Hay que saber callar para dejar expresarse al otro. Este silencio no quiere decir ausencia porque tiene que estar cargado de afectividad.Todo en la actitud tiene que mostrar interés (mirada, postura corporal, etc).
Cada movimiento, cada palabra que se diga de cuando en cuando es una señal de ánimo; con humildad uno desaparece por algún tiempo ante el interlocutor para permitir que se establezca una comunicación donde la relación sea verdadera: ¡me gusta escucharte!, ¡es interesante!, ¡me hace bien hablar con vos!; todo esto y más le comunicamos al que nos está hablando por medio de nuestro actuar.
En el aspecto físico todo debe contribuir a dar confianza, a distender y relajar. El rostro y la mirada deben estar vueltos hacia el que habla sin fijar sin embargo con demasiada insistencia la mirada. Hay que dar la impresión de que se sigue perfectamente el hilo del pensamiento del otro y que está uno dispuesto a intervenir cuando el otro lo crea necesario, cuando espere una respuesta; él, no nosotros (empatía). Le da ánimos al que habla el ver que el oyente está atento y espera el momento oportuno para participar.
El cuerpo no debe estar rígido ni la postura artificial o exagerada.
El oyente es una presencia física pero sobre todo lo es afectiva.
Solo una mirada atenta y animadora se impone a la larga. Los interlocutores se concentran mejor. La voz adquiere toda su importancia, y el saber escuchar requiere tanto talento como la misma elocuencia. ¡Ojo!, no crean que en la era de la comunicación digital (e mail, facebook, celulares, etc.) no se debe tener en cuenta lo paralingüístico, al contrario: ¡muecas, posturas corporales, sensaciones,etc. todo, absolutamente todo, se trasmite.
A veces un silencio cargado de comprensión y de ternura vale más que cualquier discurso, y si no me creen,¡pregúntenle a sus hijos!
Segundo, tomar la palabra en el momento oportuno: el encanto de un individuo consiste también en saber ser lo suficientemente altruista como para comprender cuando el interlocutor espera el momento justo en que se debe tomar la palabra.
Es todo una puesta de atención en el otro, ¡es increible se deja de ser egoista para pensar en el otro! Es todo un aprendizaje.
Hace falta intuición y sensibilidad para comprender cuando llega el instante en que el otro desea que se tome la palabra.
El encanto tiene en cuenta el tono que se emplea: no es nunca perentorio, apasionado, violento, tampoco es frío, distante o impersonal. La dificultad consiste sin duda en encontrar lo que se llama «el tono justo». Es un tono que sale del corazón. Es el reflejo del interés sincero que se tiene por el otro. Este interés es espontáneo o resultado de un esfuerzo, de un entrenamiento, de una educación. En cualquier caso e real.
La voz no importa que sea aguda o ronca, lo importante es que hay que esforzarse porque sea dulce, clara, calurosa. La pronunciación no es ni rápida ni entrecortada, con numerosos tiempos de descanso para permitir al interlocutor que vuelva a tomar la palabra siempre que lo desee.
El contenido del discurso es muy importante: tiene que tener una finalidad y lograr cumplirla. La cualidad esencial de una conversación es que se adapte a la personalidad de su destinatario. Se trata más de seguir las reglas del corazón y de la psicología que las de la gramática o de la estética.
Las primeras palabras son muy importantes: son la prueba de que no estuvimos ausentes mientras que el otro hablaba, lamentablemente pasa muy seguido: no tenemos paciencia, por varias razones, para escuchar lo que nos cuenta el otro.
La colocación de las palabras en el interior de una frase, su longitud, su contorno, la selección de vocabulario, todos estos elementos juegan un papel importante.
Todo depende de la persona a quien se dirige el discurso. Sintaxis, estilo, palabras, todo debe ser adaptado al destinatario. Más que las palabras pomposas, elegantes o muy bien escogidas, lo que cuenta es un estilo adaptado al carácter y a las necesidades afectivas del que escucha.
¡Hay que ser modesto! Saber cautivar por la conversación no es querer suscitar la admiración sino adaptar el lenguaje y el estilo a las posibilidades del interlocutor. Es ponerse a su nivel, es hacer prueba de modestia.
No se trata de convencer sino de introducir al otro en una atmósfera de bienestar y de distensión; hay que desterrar las palabras agresivas, los juicios, las ideas preconcebidas, etc.
Lo más importante del discurso será siempre el respeto por el interlocutor.
En otro momento hablaremos del poder de la retórica y de la elocuencia: los fines son otros, sin duda, muy importantes para competir en el mundo actual… pero, en esta ocasión acabamos de hablar del diálogo puro, distendido, de la buena conversación poniendo al otro siempre en primer lugar; no nos olvidemos que la comunicación es un ida y vuelta: el «yo» es «tú» y a la inversa… siempre.
Hasta la próxima.
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